MIS ORÍGENES Y COMIENZOS.


La intención de las líneas que siguen no es otra que facilitar, a quién se acerque a mi pintura, como ha sido mi formación y, con esta información básica, que pueda entender mejor la gestación de esta.

Por esa razón, me ha parecido oportuno ofrecer una breve reseña biográfica de: mis orígenes, de mi formación, y de mis comienzos en el mundo de la pintura. Unas veces desde el entorno de mis vivencias estrictamente personales, otras, a partir de las influencias recibidas a lo largo de mis primeros años de formación a través de mis profesores, compañeros, y de mí mismo, y como todo ello se ha convertido, desde hace muchos años, en el centro de todas mis actividades.

Esta reseña biográfica, comienza con mis orígenes, continúa con mis años de formación para el ingreso en la Escuela Superior de Bellas Artes de San Fernando, y concluye con mis estudios y algunas vivencias en la misma desde que ingrese, en ella, en el año 1973, hasta la finalización de mis estudios en 1978.

Después de los datos recogidos en la mencionada reseña biográfica hasta la fecha indicada, todo lo concerniente a mi actividad académica y artística acaecida hasta la actualidad, queda recogida puntualmente en el C.V. que se ofrece, y puede consultarse en el apartado correspondiente.


ORÍGENES.

Único hijo de una familia de modestos labradores extremeños oriundos de Guadalupe (Cáceres), pueblo situado en la comarca de Las Villuercas, donde nací el 21 de junio de 1953, en el número veinticinco de la Calle de las Eras, una de las calles con más carácter, antigua, y bonita de Guadalupe.

La casa en la que nací -sus orígenes, probablemente, se remontaban a los del pueblo-, modesta en esos años, pero que probablemente había albergado, a lo largo de su historia, a moradores de muy distinto rango y abolengo, estaba formada por dos plantas la superior, creo recordar, con un par de habitaciones y un balcón. En la planta inferior, y entorno al pequeño zaguán, estaba la cocina y las cuadras. Todo ello se comunicaba con la calle mediante una amplia puerta formada por un gran arco, y una robusta y antiquísima puerta de roble macizo con cierres y clavos de forja.

De esa casa, sorprendentemente, mantengo vivo como si de hoy mismo se tratase, y a pesar del tiempo transcurrido -tendría alrededor de dos años-, el que quizás sea mi más antiguo recuerdo del que tengo constancia. En la casa, no había agua corriente y mi madre, tenía que acarrearla varias veces al día, con cántaros de cobre de los que aún conservo alguno, desde la llamada: “Fuente de los tres chorros”, que estaba situada en la plazoleta del mismo nombre, y a una distancia de unos doscientos metros de casa. Esa agua, se utilizaba para diferentes menesteres: consumo, higiene, y la realización de la colada, entre otros.

Mi madre acostumbraba a lavar la ropa en unos barreños, a propósito, en el zaguán y cuando enjabonaba y, posteriormente, aclaraba la ropa, se producían unas cascadas de espuma que al caer deslizándose por las paredes del barreño de zinc al suelo del zaguán, generaba un pequeño reguero de agua jabonosa en el que se formaban iridiscentes pompas de jabón que, yo sorprendido y magnetizado por el multicolor desfile de pompas, intentaba inútilmente coger con los dedos.

Esas pompas de jabón, con sus cambiante formas y colores producidos por el movimiento del agua, y de mis manos en el pequeño reguero, generaba una multitud de cambios, de formas y colores que, como si de un mágico caleidoscopio se tratase, han quedado, hasta el día de hoy, fuertemente grabadas en mi memoria y que, estoy convencido, fue el germen inicial que desencadenó mi interés por las formas y los colores.

Cuando no había cumplido aún los tres años, ante las pésimas condiciones laborales y la carencia total de futuro en el pueblo que los vio nacer, mis padres, deciden emigrar a Madrid para conseguir unas mejores condiciones de vida, y que yo pudiera estudiar y disfrutar de las oportunidades que ellos no habían podido tener.

Desde 1955 hasta 1962 viven y trabajan como guardas en una finca en el pueblo madrileño de Torrelodones.

El Torrelodones de esos años era un pueblo, casi exclusivamente, de vacaciones, salvo los meses de verano, el pueblo gozaba de una enorme tranquilidad. Pasadas las vacaciones, en Torrelodones, solo quedaban unos pocos habitantes y los guardas que, como mis padres, también cuidaban de otras fincas.

En ese entorno natural pase mis años de infancia, prácticamente, en solitario. Apenas había niños, me inventaba mis propios juegos en los que mis compañeros, eran: “Epi”, un pastor alemán propiedad de los dueños de la finca, las lagartijas, lagartos, culebras, todo tipo de insectos y una riquísima vegetación en la que abundaban las encinas, romero, tomillo, jaras, cantueso y otras muchas especies. También recuerdo con enorme cariño, cuando mi madre -en los pocos ratos que tenía libres, en invierno, junto al fogón de la lumbre de carbón, o en verano, sentada a la sombra del porche de la casa donde vivíamos-, se ponía a bordar mientras yo jugaba con los ovillos de hilos de colores o, con sus tijeras y unos papeles, recortaba multitud de formas que, después de mostrárselas, pegaba en las puertas con un poco de agua a modo de exposición y, posteriormente, guardaba como un auténtico tesoro.

Otro recuerdo entrañable de aquellos mismos años de mi infancia es el tiempo que pasaba con mi padre, parecía su sombra, le acompañaba mientras hacía sus tareas en el jardín de la finca o en la huerta que esta tenía. Me enseñaba los nombres y las características de los diferentes árboles, plantas y hortalizas, de aves, insectos y reptiles propios de la zona. Cuando tenía que hacer recados o la compra, para mi era una fiesta, me metía en el cajón de la bicicleta que utilizaba para esos desplazamientos y me llevaba a todas partes. En los momentos de descanso, jugaba conmigo en un arroyuelo que pasaba por la finca, me enseñaba a hacer pequeños barcos de madera o corcho, molinos de agua, y otros sencillos objetos par jugar como: tirachinas, carritos con cajas de madera, zambombas con una piel seca de conejo, una vara de madera, y un cilindro de corcho, además de otros muchos juguetes. No había par más.

El entorno y las vivencias que experimenté en los primeros años de mi infancia vivida en Torrelodones, en ese entorno idílico para mi -pero no para mis padres ocupados en el duro trabajo de atender todas las necesidades de la finca que tenían a su cargo-, fueron muy felices, me marcaron para siempre y, sin duda, fueron determinantes y abonaron el terreno para, pasados los años, encontrar mi gran vocación, la pintura.

En 1962, mis padres, nuevamente, con el propósito de lograr mejores expectativas de vida y de estudios para mí -la obsesión de mis padres fue siempre que yo pudiera tener estudio y que, con ellos, pudiera disfrutar de una vida mejor que la que ellos habían tenido-, se trasladaron a Madrid donde pasé mi adolescencia y curse mis estudios de Bachillerato.


LOS PRIMEROS PASOS.

Después de los primeros dibujos infantiles, los que podrían considerarse como mis primeros pasos, comencé a dibujar a partir de láminas, algo muy común en aquellos años. Recuerdo como intentaba aprender a dibujar a partir de unas láminas que se vendían en carpetillas temáticas y con diferentes grados de dificultad, en mis tiempos, eran de Emilio Freixas. En realidad, incluso en el bachillerato, era el único método empleados en casi todos los colegios de España.

Precisamente, en esos primeros años de bachiller, tuve mi primer maestro de dibujo, le llamábamos D. Manuel, no recuerdo su apellido. Era de carácter afable, de una gran sensibilidad, y vio algo en mis dibujos -a pesar de que estaban realizados a partir de las mencionadas láminas, o similares modelos-, que dio lugar a que yo percibiese que sus correcciones eran diferentes a las que hacía al resto de mis compañeros. Eran más minuciosas, me hablaba de la importancia del trazo, la composición, las valoraciones tonales, y otras cuestiones que eran más propias de una corrección realizada sobre un dibujo del natural, como años más tarde recibiría cuando me estaba preparando en la academia para el ingreso en la Escuela de Bellas Arte, o en la propia Escuela.

Pasados algunos años, cuando ya estaba estudiando, en segundo o tercero de carrera en la Escuela de Bellas Artes, me lo encontré un día casualmente, y cuando le dije que lo que estaba estudiando, se llevó una gran alegría y exclamo, de forma muy efusiva: ¡lo sabía!, y me animo a seguir a la vez que me confesó que, en aquellas referidas correcciones, había visto que tenia unas cualidades innatas y que por esa razón sus correcciones y consejos no podían ser iguales a las del resto de mis compañeros. Por desgracia, fue la ultima vez que le vi.

Otros tres profesores que, sin duda supieron ver mi vocación y que ejercieron una enorme influencia en mi formación artística en aquellos años de bachiller, fueron: D. Jean Pierre Simón, profesor de idiomas y hombre extremadamente culto con el que, a pesar de mi corta edad, iba a ver todas las exposiciones que se exhibían en el Madrid de aquellos años, a la vez que me facilitaba catálogos de estas y de los que aún conservo algunos. A este entrañable profesor también le estaré siempre agradecido por su labor de valedor ante mis padres, cuando les comuniqué mi intención de dedicarme a la pintura, aclarándoles dudas y tranquilizándoles al respecto. D José Sanz, director del colegio y profesor de literatura que, a través de sus magníficos y bien estructurados apuntes, incentivó mi interés por la lectura y, por último, D. Emilio Prieto, profesor de música y que, gracias a las entradas que me facilitaba para asistir a los conciertos que la banda de música de la Policía Armada, actual Policía Nacional, daba en la sala de conciertos que tenía en las cocheras de la calle de Cea Bermúdez de Madrid, tuve la oportunidad de descubrir, en directo, la música clásica, otra de mis grandes pasiones.

En el colegio Ramón y Cajal de Madrid, en el que estudié todo el bachillerato, al que vengo haciendo referencia y del que tan buenos recuerdos guardo, tuve la oportunidad, años más tarde al terminar la carrera, de ser profesor de dibujo y responsable del área de educación plástica hasta mi incorporación como profesor en la Facultad de Bellas Artes de la Universidad Complutense de Madrid.



COMIENZOS DE UNA VOCACIÓN.


Después de esa primera etapa de dibujos infantiles, y de la posterior de dibujos copiados de láminas tanto dentro como fuera del colegio, fui consciente de que para mí, dibujar y pintar era algo más que un simple entretenimiento como para cualquier otro niño y ya, en la última etapa de bachiller, fue cuando sentí la necesidad de comenzar un aprendizaje más en serio y de que alguien dirigiese ese aprendizaje pero, se me planteaba un serio problema o así yo lo pensaba, ¿como decir a mis padres, que tanto esfuerzo y sacrificio habían hecho para que tuviese una buena formación, que a lo que quería dedicarme era a “algo tan inútil” como la pintura?. Me armé de valor, se lo dije, y cual fue mi sorpresa cuando, de forma contundente y sin dudarlo, me dijeron: “si eso es lo que tu quieres y crees que puedes hacerlo adelante”.


PREPARACIÓN DEL EXAMEN DE INGRESO EN LA ESCUELA SUPERIOR DE BELLAS ARTES DE SAN FERNANDO DE MADRID.


Desde la transformación de las Escuelas Superiores de Bellas Artes de San Fernando de Madrid en Facultades de Bellas Artes, a finales de los setenta, y con los cambios en los planes de estudios de esta, el examen de ingreso existente, aunque se mantuvo durante algunos años, no tenía nada que ver con el durísimo examen que se realizaba hasta ese momento. En la actualidad, se ha eliminado por completo cualquier tipo de prueba previa accediendo los alumnos, a las actual Facultades de Bellas Artes, por la nota de corte obtenida en las pruebas de selectividad, y establecida por cada universidad.

El examen que se realizaba, junto a otras pruebas, desde la creación de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando y su Escuela en 1752, también en las demás Escuelas de Bellas Artes de España; consistía en la realización de una copia, lo más fiel posible, de un vaciado de escayola de una escultura clásica, sola, o con otros elementos compositivos.

El dibujo se realizaba, generalmente, con carboncillo, lápiz compuesto, difuminos, fieltros, ovillos de lana, y otros útiles de aplicación y medición empleados habitualmente para la realización de los dibujos académicos.

En mi época, el dibujo del examen de ingreso era idéntico en cuanto a su dureza, útiles, materiales y proceso técnico. El dibujo se realizaba sobre un papel de un metro por setenta centímetros, aproximadamente, y en sesiones de tres horas diarias durante quince días.

Era un examen extremadamente duro, sobre todo en la Escuela Superior de Bellas Artes de Madrid, y, por consiguiente, requería de una preparación muy rigurosa que permitiese el adiestramiento de la vista y de la mano para el estudio de la composición, las proporciones, y el claroscuro necesario para la realización del dibujo, a partir el natural, que se pedía para el ingreso.

La dureza del examen quedaba reflejada por el reducido número de aspirantes que lográbamos superarlo y por el comentario extendido entre todos nosotros y que decía así: “para poder aprobar el examen en la Escuela de Madrid es necesario, al dar un golpe sobre el dibujo acabado, y que suene a escayola”. La calidad de estos dibujos puede constatarse en la colección existente en la Biblioteca de la actual Facultad de Bellas Artes de la Universidad Complutense de Madrid, procedentes de los fondos de la antigua Escuela Superior de Bellas Artes de San Fernando.

Esa dureza, obligaba a los aspirantes a prepararse concienzudamente dibujando del natural las referidas escayolas, fundamentalmente, en academias de dibujo.


LOS PRIMEROS PASOS EN LA PREPARACIÓN PARA EL EXAMEN DE INGRESO EN LA ESCUELA SUPERIOR DE BELLAS ARTES DE SAN FERNANDO DE MADRID.

LOS PRIMEROS DIBUJOS DE PREPARACIÓN.


A pesar de los años transcurridos, uno de los recuerdos que mejor conservo es la del día que, por primera vez, entré en la academia de dibujo en la que me preparé para el examen de ingreso en la Escuela Superior de Bellas Artes de San Fernando de Madrid.

En mi familia, no había ningún antecedente artístico, nunca había visto dibujar o pintar a nadie de manera profesional, pero desde siempre había sentido la necesidad, primero inconsciente y después absolutamente consciente, de dibujar.

Recuerdo, como si fuese hoy mismo, el crujir de los escalones de madera de la vieja escalera que conducían a la academia dirigida por D. Eduardo Peña, quizás la de más prestigio y calidad de aquel momento -en ella se prepararon artistas tan relevantes como Lucio Muñoz, Amalia Ávia, Concha Jerez, compañera mía en aquellos momentos, entre otros muchos-, y ubicada en la Plaza Mayor de Madrid. Subí las escaleras con ansiedad y nerviosismo.

Al llegar a la puerta de la academia llamé al timbre, abrió el mismo Eduardo Peña, nos presentamos, y me invitó a pasar. En ese momento, comencé a percibir olores, sonidos y un ambiente que me eran absolutamente desconocidos pero que, sin saber aún por qué, me resultaban muy gratos, tranquilizadores y que me atrapaban.

Me facilitaron el material necesario para comenzar: medio pliego de papel blanco para carboncillo, un tablero mediano, chinchetas, un carboncillo y un trapo. Pasamos a una pequeña estancia con numerosos vaciados en escayola de manos, pies y cabezas, entre otros. En ella, Eduardo Peña me acercó un caballete y me puso como primer modelo una máscara mortuoria de Beethoven, me dio unas ligeras indicaciones de encajado y me dejó solo.

En ese primer momento de soledad ante un modelo y con unos medios para mí desconocidos, comencé a percibir, más intensamente, las primeras sensaciones recibidas al traspasar la puerta de la academia: el olor a papel y carboncillo, a la madera de cedro de los lápices, a la pátina de la vieja madera de los tableros de dibujo y de los caballetes- que por el polvo de carboncillo acumulado sobre ellos a lo largo del tiempo y por el constante manoseo presentaba un aspecto de viejo barniz-, la multitud de marcas dejadas por las chinchetas, arañazos, golpes, grafismos accidentales o provocados por el uso, los aportaban, a pesar de su modestia y sencillez, una plasticidad y una nobleza sorprendente, el tacto suave del papel, el seco y untuoso del trozo de carboncillo entre los dedos y la musicalidad de su rasgueo en el silencio de la estancia al trazar las líneas de encaje sobre el papel, el ambiente ligeramente brumoso, provocado por el polvillo de carbón que flotaba en el aire, y que quedaba evidenciado, aun más, por el rayo de luz que, procedente de un amplio ventanal, inundaba la habitación. Todo ello, confería a la estancia un ambiente cargado de magia y que ha quedado perenne en mi recuerdo. En ese momento, lo vi absolutamente claro, la pintura iba a ser el centro de mi vida.

Allí, en la academia Peña, como se conocía entre todos nosotros pasé casi dos años preparando el examen de ingreso, además de completar esa formación inicial con otros conocimientos técnicos que me resultaron de gran utilidad para afrontar, ya dentro de la Escuela, mis estudios con el máximo aprovechamiento.

Junto a los trabajos de preparación para el ingreso en la Escuela y, posteriormente, los realizados como ejercicios de clase con un carácter puramente académicos yo, al igual que otros jóvenes artistas, llevado por las inquietudes propias de esa etapa de mi formación, comencé a realizar otros de carácter más creativo y personal como puede verse en el apartado correspondiente.


EL EXAMEN DE INGRESO.


Recuerdo que el examen que realicé, y con el que aprobé, consistió en una composición de las que, en mi época, acostumbraba a poner el Prof. D. Pedro Mozos. Estaba formada, como elemento principal, por el torso de Belvedere que es una escultura de una enorme fuerza y plasticidad, y presenta una gran dificultad para ser dibujada. Por detrás, había unas telas y un armario que tenía una puerta abierta con un espejo en su cara interior y sobre el que se reflejaba la parte posterior del torso. La composición estaba iluminada muy teatralmente, con un fuerte golpe de luz sobre el torso, todo, de una gran complejidad.

El dibujo lo realicé encajando con carboncillo, el sombreado y acabado con lápiz compuesto, lana, fieltro y difumino.


LOS COMIENZOS EN LA ESCUELA.


Una vez realizado y superado el examen de ingreso, solo quedaba esperar el comienzo del primer año de carrera.

Creo que a todos los que tuvimos aquella formación, el hecho de comenzar la carrera, nos abría un amplio campo de expectativas que giraban, fundamentalmente en torno a una serie de puntos básicos: los conocimientos que íbamos a recibir mediante los contenidos de cada una de las asignaturas que conformaban el plan de estudios vigente -muy similares, desde sus orígenes, hasta el paso de la Escuelas Superior de Bellas Artes a Facultad-, los profesores que impartían las asignaturas, y el trato e intercambio de opiniones, expectativas, y conocimientos, con los compañeros.

Probablemente sea ese último punto, y las enseñanzas recibidas de manera puntual, de algún que otro profesor, lo más interesante y lo que más nos ha marcado a todos los que compartimos aquel sistema de aprendizaje.


LAS CLASES Y LOS CONTENIDOS DE LAS ASIGNATURAS.


Durante mis estudios en la escuela, y en base al plan de estudios establecido durante esta época de estudiante, los días transcurrían de forma rutinaria. Las clases comenzaban siempre con las asignaturas de dibujo, después las de pintura y, por último, y según el curso, con otro tipo de asignaturas como: Procedimientos Pictóricos, Historia del Arte, Anatomía, Geometría Descriptiva y otras.

Normalmente, las asignaturas que generaban más interés entre los alumnos eran las de pintura y dibujo y, las que menos, algunas de las teóricas

A nivel estrictamente personal, las asignaturas que más me interesaban y que me han resultado de mayor utilidad a lo largo de mi trayectoria profesional fueron las de Pintura y Dibujo y, entre el grupo de asignaturas optativas, las de Pintura Mural, Anatomía, Geometría Descriptiva, y Grabado Calcográfico.

El tipo de ejercicios que se realizaban en las clases de pintura y dibujo, eran siempre a partir de modelos del natural propuestos por el profesor, tanto de modelos vivos, como de bodegones, dependiendo del curso.

Fundamentalmente, los planteamientos teóricos o conceptuales, así como también los prácticos, tenían como objetivo principal y de forma obligatoria, el estudio y realización, más o menos fiel, del modelo propuesto. El grado de fidelidad al modelo dependía siempre de los criterios y exigencia del catedrático de la asignatura.

TIPOS DE TRABAJOS REALIZADOS DURANTE LA CARRERA.

En esta etapa, fundamentalmente de formación, compatibilicé, como ya he indicado con anterioridad, trabajos puramente académicos (tutorizados), con otros más creativos (autónomos).

Las obras realizadas durante los años que estudié en la Escuela de Bellas Artes presentan una factura técnica, como es lógico, claramente diferenciada según sean ejercicios de clase, o trabajos personales realizados al margen de los condicionantes propios de los ejercicios de una determinada asignatura de: dibujo, pintura, escultura o grabado.

Básicamente las diferencias técnicas entre los trabajos realizados como ejercicios de clase y los más personales pueden concretarse en que:

Primero: Los ejercicios de clase tutorizados, ya fuesen dibujos o pinturas, se atenían, estrictamente, a la copia lo más fiel posible de los modelos propuestos por los profesores y estaban realizados técnicamente por medio de útiles, materiales, soportes y procesos técnicos absolutamente ortodoxos.

Al usar el término de trabajos tutorizados, en realidad, me estoy refiriendo a los ejercicios que de manera reglada se realizaban a lo largo de la carrera y en cada una de las asignaturas que yo curse de: pintura, dibujo, pintura mural y grabado, principalmente. Esos ejercicios, jugaban un papel relevante en la formación del alumno.

En el caso concreto de mi formación, el estudio y práctica del dibujo, como eje central de la misma, ha supuesto, ya desde sus comienzos, y tanto en los trabajos tutorizados, como en los autónomos, algo más que un elemento para el estudio y análisis de proporciones, composición, y claroscuro, en los que poder apoyarme para la realización de mis obras: ejercicios de clase tutorizados, o trabajos libres de creación personal.

Si bien, como es lógico, en los ejercicios de escuela seguí los métodos y técnicas empleados tradicionalmente en los dibujos propios de cada asignatura, y encaminados al estudio analítico del modelo, ya fuesen los realizados en la asignatura de: “Dibujo del Antiguo y Ropajes”, en la que se copiaban, fundamentalmente, como ya se ha indicado con anterioridad, vaciados de escayola de esculturas clásicas solas, o con otros elementos compositivos, o en los correspondientes a otras asignaturas de dibujo: “Desnudo del natural”, “Anatomía”, o “Geometría Descriptiva”, y de esta, fundamentalmente, todo lo referido al estudio de la perspectiva cónica.

Todos esos dibujos a los que venimos aplicando el término de ejercicios tutorizados eran, para la mayoría de los alumnos, trabajos sin más interés que el de meros ensayos o ejercicios de clase encaminados a mejorar la destreza manual y la percepción visual del alumno. Pero, en mi caso, los dibujos, incluso los primeros realizados en las diferentes asignaturas que iba cursando en la Escuela de Bellas Artes de Madrid, hay algo más, no siguen los cánones lógicos para un joven que está comenzando a dar sus primeros pasos en su formación artística porque, si bien, eran dibujos a partir de modelos propuestos por los diferentes profesores y tutorizados por estos, yo siempre busqué, sin perder el sentido académico, una interpretación más personal intentando profundizar, técnica y conceptualmente, en la esencia del modelo sometido a estudio.

En el caso de las clases de pintura, los ejercicios tutorizados tenían un enfoque formativo y con unos planteamientos similares a los realizados en las clases de dibujo. En ellas, igual que en aquellos, los ejercicios también variaban sus características técnicas y de interpretación de los modelos propuestos por los profesores en función a la asignatura, el curso, y a los criterios de estos.

Al igual que he apuntado al referirme a mis ejercicios de dibujo, en los de pintura, también intentaba afrontarlos como algo más que un ejercicio y, aunque lo fuese y el modelo fuese propuesto por el profesor, yo siempre intentaba hacerlo propio y, con ello, además de su realización con un sentido formativo, como eran en realidad, también me esforzaba en conseguir un tratamiento más creativo y personal.

Para ilustrar esta manera de afrontar el modelo con un interés y de una manera más personal, contaré una anécdota que me sucedió en la clase de pintura que impartía en el segundo año de carrera el pintor y catedrático de la misma Prof. D. Antonio Guijarro, la misma en la que vi y hablé por primera vez con Antonio López. Este profesor, tenía fama de ser muy estricto con sus planteamientos pictóricos, y muy exigente en cuanto a la aplicación de estos por parte de sus alumnos.

Entre los alumnos de este profesor, se comentaba que quienes habían sacado una nota alta en el anterior curso de pintura que impartía el también pintor y catedrático Prof. D. Guillermo Vargas - profesor entrañable, buen pintor, muy concienzudo en sus planteamientos docentes y muy preocupado por la enseñanza del color de una manera sencilla y eficaz para hacerla comprensible para sus alumnos, y con unos criterios pictóricos y docentes radicalmente opuestos a los del Prof. Guijarro y, además, con un trato personal, entre ellos, no precisamente muy cordial-, generalmente, tenía problemas o suspendía con el Prof. Guijarro.

Dándose la circunstancia que yo había sacado Sobresaliente y Matrícula de Honor con el Prof. Vargas, y estando realizando mi primer ejercicio en la clase del Prof. Guijarro -dicho profesor, con un punto de arrogancia que le caracterizaba, acostumbraba a colocarse detrás de los alumnos mientras estábamos trabajando y con las manos en los bolsillos de la chaqueta, generalmente abrochada y entallada, hacía sonar las llaves y monedas que llevaba dentro de los bolsillos, a la vez que con un ligero balanceo, hacia también sonar los tacones, reforzados con tachuelas metálicas, de sus zapatos sobre el suelo, y cuando el alumno se daba la vuelta, solía dirigirle una mirada desafiante que impresionaba bastante a la mayoría- éste, siguiendo su costumbre, se colocó, de la manera que he narrado, detrás de mí. Al notar su presencia, me di la vuelta, no sin un punto de inquietud por su posible reacción, y de manera totalmente respetuosa, pero segura y enérgica, le dije que me interesaba mucho el estudio riguroso del modelo para, a través de este estudio, poder hacer el tipo de pintura, “realista”, que yo quería hacer y que, por esa razón, también estaba muy interesado en que sus opiniones, consejos, y correcciones, me ayudaran a lograr ese objetivo. Con su característica forma de mirar, me miró fijamente y, después de un silencio que me resultó eterno, vino hacía mí, me dio un abrazo acompañado de una gruesa palabra, que no repetiré, a la vez que me decía, ¡Así me gusta, que alguien lo tenga claro!

A partir de ese momento, mi relación con este profesor fue inmejorable y tremendamente provechosa, hasta el punto de que, la tan “extendida maldición”, en mi caso, no solo no se cumplió, sino que obtuve también con él la calificación de: Sobresaliente y Matrícula de Honor, al igual que en el curso siguiente, con el Prof. D. Agustín Úbeda.

El profesor que impartía la asignatura de Pintura en el último curso era el Prof. D. Manuel Parralo. De este profesor, recién incorporado a esa cátedra aquel curso, también puedo contar otra anécdota que me sucedió con el, pero, en este caso, graciosa.

En aquellos momentos, en los que ya tenía bastante claro cuales eran mis intereses y mis prioridades en todo lo referido a mi pintura -a lo que contribuyó en buena medida las charlas y correcciones del Prof. Parralo que nos motivaba para que afrontásemos nuestros trabajos más que como simples ejercicios de clase, como proyectos de obra personal-, decidí afrontar mi proyecto realizando un cuadro de gran formato inspirado, en gran medida, por las dos últimas lecturas, que acababa de terminar: “Cien años de soledad”, de Gabriel García Márquez, y “En busca del tiempo perdido”, de Marcel Proust, dos autores que han estados muy presentes en mi obra desde esa época de estudiante.

Pues bien, le comenté al Prof. Parralo cual, y como iba a realizar mi proyecto, y también que necesitaría montar un modelo que de alguna manera recrease la escena que pretendía pintar.

El proyecto consistía en realizar un cuadro de gran formato: 137 x 200 cm. El tema era un muro de viejos ladrillos con una reja en la que las ramas secas de una Madreselva se enredaban fuertemente en los barrotes de la reja hasta reventarlos. Detrás de la reja, con una mano cogida a uno de los barrotes, una frontalidad y hieratismo absolutos y la mirada fija, al frente, intensa e interrogadora, ligeramente deslumbrado por un sol intenso, había un niño. Se trataba de una composición compleja, con una geometría interna muy meditada, y aplicando el número de oro para la organización armónica de los elementos partícipes en la composición

Después de que el Prof. Parralo me hubo dado el visto bueno para comenzar el proyecto y montar el modelo en una zona muy próxima a la entrada a su despacho, procedí a montarlo con un buen número de elementos para poder pintarlos del natural: ramas secas de Madreselva del jardín abandonado de origen, ladrillos viejos y muy gastados, restos de una reja de hierro oxidado, además de: apuntes, bocetos, fotos, y estudios de todo tipo.

Lo que no tuvimos en cuenta el Prof. Parralo y yo, es que, al colocar el cuadro sobre el caballete para pintarlo, y al necesitar moverlo con frecuencia, según la zona en la que estuviese trabajando, y al no poder mover el modelo, la entrada a su despacho quedaba bloqueada. Al percatarme de esa circunstancia se lo comente, indicándole que iba a retirarlo todo para colocarlo en otro sitio y, generosamente, me dijo que no, que no moviese nada, que podía entrar al despacho saltando desde una tarima que daba paso a una escalera que subía a la segunda planta de la clase. Así lo hizo, durante todo el curso con lo que, cada vez que tenía que entrar o salir de su despacho, saltaba o trepaba la citada tarima.

Mi dedicación a este proyecto fue muy intensa y para él realice bocetos y estudios de todo tipo, antes y durante la realización del cuadro, pero el curso avanzaba y el cuadro no llegaba a su fin a pesar de mi total dedicación a él. Esa circunstancia, me genero serias dudas sobre sí el Prof. Parralo entendería que a pesar de no poder terminar el cuadro -solo conseguí dejarlo en una fase de grisalla-, mi esfuerzo y dedicación para conseguirlo, habían sido totales. Me temía lo peor, cosechar mi primer y único suspenso en toda la carrera y, sobre todo, que este fuese en una asignatura de pintura cuando, en todos los cursos anteriores, siempre había obtenido la máxima calificación de Sobresaliente y Matrícula de Honor en estas asignaturas.

Afortunadamente, el Prof. Parralo, supo entender y valorar mi esfuerzo, y me califico con un Notable. Esa nota, me supo a Matrícula de Honor, no por no haber cosechado el temido suspenso, sino porque sentí la enorme satisfacción de que un pintor y catedrático había valorado todo mi trabajo, no como un mero ejercicio de clase, si no más bien, como un trabajo de creación personal y afianzando en mí el sentido de profesionalidad que ya estaba comenzando a manifestarse en mis cuadros de esos años.

A partir de aquel momento, primero como alumno y, más tarde como compañeros de trabajo y, hasta el día de hoy, al Prof. Parralo y a nuestras respectivas familias, nos ha unido una sincera y entrañable amistad.

Segundo: Al contrario de lo que ocurría con los trabajos o ejercicios de clase tutorizados, los trabajos autónomos que realizaba fuera de clase, se caracterizaban por una temática seleccionada y elegida por mi con unos objetivos técnicos y creativos que gozaban de libertad, al menos era lo que yo pretendía, de influencias de las obras de artistas clásicos y contemporáneos que me interesaban y, también, de los conocimientos obtenidos de los diferentes profesores, ejercicios de clase, lecturas favoritas, y de las tertulias con los compañeros de estudio.

Como es lógico, dentro del proceso de formación en la Escuela, los ejercicios de clase si bien se asumían en mayor o menor medida según la capacidad de disciplina y las inquietudes que cada uno de nosotros teníamos. En mi caso, lo cierto es que según iba adquiriendo destreza, un mayor conocimiento, e iba superando los cursos, sentía, cada vez con más fuerza, la necesidad de afrontar trabajos al margen de los ejercicios de clase. Esos trabajos, probablemente, en unos principios cargados de dudas y, sobre todo, con una carencia de recursos técnicos, originalidad, y un lenguaje plástico muy limitado, tenían para mí un gran interés y marcaron claramente las pautas que, posteriormente, posibilitaron y dieron lugar a mi obra posterior. Todo ello cimentó, sin duda, lo que con el paso del tiempo y hasta el día de hoy ha sido mi lenguaje pictórico centrado en una temática muy definida.

En cuanto a la temática se refiere, estos primeros trabajos presentan, como denominador común, un acercamiento a lo cotidiano y al entorno familiar, ya sean: personas, paisajes, interiores u objetos.

En el apartado denominado “Obra personal”, pueden verse un buen número de estos trabajos realizados hasta el año 1978, año en el que termine mis estudios en la Escuela Superior de Bellas Artes de San Fernando de Madrid.


LOS COMPAÑEROS.


Como ya he apuntado, probablemente, el trato y la convivencia con los compañeros de curso, e incluso con otros de cursos diferentes, sea lo más interesante y que más nos ha marcado o perdurado a lo largo de los años a todos los que, como ya he dicho con anterioridad, compartimos aquel sistema de aprendizaje.

Mi promoción, fue especialmente fructífera, de ella, han salido varios catedráticos y profesores de universidad que han impartido docencia en diferentes departamentos de la Facultad de Bellas Artes de Madrid, catedráticos de instituto, otros que han ocupado puestos de relevancia relacionados con los estudios realizados, y un buen número que han seguido, con diferente nivel de éxito, su actividad artística.


LOS PROFESORES.


En cuanto a los profesores, el trato personal era, normalmente, correcto y de respeto profesional dado que todos ellos eran pintores, de más o menos prestigio, pero pintores.

En sus clases, a decir verdad, más que el empleo de fríos y académicos métodos didácticos, muy cuestionados por algunos en la actualidad, nos corregían de forma muy objetiva, comentando y corrigiendo el trabajo mediante comparación con el modelo, y según aumentaba nuestro nivel de pericia y conocimiento, nos aportaban también sus experiencias profesionales.

En mi caso concreto, la opinión que, en general, me merecían, y me siguen mereciendo los profesores que tuve, es muy positiva. No obstante, es de justicia mencionar a alguno que: por sus enseñanzas, trato personal y, en algunos casos amistad, marcaron mi formación. Destacaré, entre ellos, a los catedráticos de pintura: Prof. D. Guillermo Vargas Ruíz, catedrático de Preparatorio de Colorido, al que debo mis conocimientos de color. Prof. Dr. Antonio Guijarro, catedrático de Pintura de primer curso, que me fue de gran utilidad para el conocimiento del tratamiento de la materia en el cuadro. Prof. Dr. Manuel Villaseñor, catedrático de Procedimientos y Técnicas Pictóricas y de Pintura Mural, mi director de tesis, y del que años más tarde fui colaborador, y que me aportó el interés por las leyes de la composición y la geometría interna del cuadro. Prof. Dr. Manuel de la Colina ayudante y modelo, en algunos cuadros, de Vázquez Díaz -ayudante también del primer catedrático de la asignatura de la que soy catedrático, Procedimientos y Técnicas Pictóricas, Prof. D. Ramón Stolz Viciano, y del Prof. Dr. Manuel López Villaseñor en la asignatura de Pintura Mural-, un gran artesano con un profundísimo conocimiento práctico de los útiles, materiales, y procedimientos pictóricos y al que debo, en buena medida, muchos de mis conocimientos sobre esas materias y con el que ya, desde mi época de estudiante, me unió una gran amistad, tanto cuando fui su alumno como, cuando, pasados los años, fuimos compañeros como profesores, él, impartiendo la asignatura de Pintura Mural, y yo la de Procedimientos y Técnicas Pictóricas. Por último, el Prof. Dr. Manuel Parralo Dorado catedrático de Pintura del último curso de carrera con el que, como ya he indicado con anterioridad, termine de tomar consciencia de las diferencias entre el cuadro como ejercicio de aprendizaje, y el cuadro como obra personal de creación con un lenguaje plástico propio. Al igual que con el Prof. Dr. Manuel de la Colina, también nos ha unido una gran amistad desde que fui su alumno, hasta la actualidad, como también he indicado con anterioridad.

En cuanto a otros profesores que también influyeron en mi formación de manera notable quiero mencionar a: Prof. D. Pedro Mozos catedrático de la asignatura de Dibujo del Antiguo y Ropaje de primer curso que me inculcó la importancia del aprendizaje y la práctica rigurosa del dibujo académico. Prof. Dr. Francisco Echauz, catedrático de Dibujo del Natural, también de dibujo en un curso superior, con el que además del rigor del dibujo bien hecho, me inculcó como éste, además de ser un ejercicio académico importante también, con una intencionalidad y unas técnicas determinadas, puede convertirse en lenguaje plástico por sí mismo. Prof. D. Antonio Fernández Curro, catedrático de la asignatura de Anatomía. Por último, el Prof. Dr. Álvaro Paricio Latasa, catedrático de Grabado con el que aprendí las técnicas del grabado con buril, punta seca, aguafuerte y otras.


OTROS ACONTECIMIENTOS QUE HAN INFLUIDO EN MI FORMACIÓN.


Después de mi ingreso en la Escuela Superior de Bellas Artes de San Fernando de Madrid, en 1973, en primer curso, y más concretamente durante una de las clases de la asignatura de Dibujo del Antiguo y Ropaje que impartía el catedrático D. Pedro Mozos, éste, nos llamó aparte a otro compañero y a mí para pedirnos que le ayudásemos en la realización de unos decorados que estaba pintando para una obra de teatro. Sin dudarlo, aceptamos la propuesta y nos dirigimos a un amplio sótano del que disponía la clase y en el que D. Pedro Mozos, estaba pintando el encargo. Se trataba de unos grandes lienzos apoyados en unos paneles, a modo de sargas, y nos facilitó el material necesario, pinceles y pintura, los mismos que el estaba utilizando. Era una técnica al agua, y se puso a pintar con nosotros. Para mí esta experiencia, poder pintar en la misma obra junto a uno de mis profesores mas admirados en ese momento, fue determinante para ratificar mi convencimiento de que mi vocación era, definitivamente, la pintura y mi principal objetivo vivir de y para ella.

En la misma clase, y ya a mediados de curso, un compañero, me habló de un pintor que se llamaba Antonio López García y que hacía una pintura que podía interesarme y que, de él, se había publicado en una revista de arquitectura titulada: “Nueva Forma”, un amplio artículo escrito por Santiago Amón y titulado: “Antonio López García”, e ilustrado con algunas de sus obras. Inmediatamente me puse a localizar dicha revista que, por cierto, estaba agotada y no paré hasta conseguirla. Una vez conseguida fue, durante mis años de formación, mi referente y fuente de consulta habitual. Ese fue mi primer contacto con la obra de Antonio López García.

Desde ese momento mi interés y admiración por la obra de Antonio López no solo se ha mantenido, sino que se ha acrecentado. En un principio la admiración, lógicamente era de deslumbramiento por la obra de un pintor que, con sus planteamientos pictóricos, venía a confirmarme que, a pesar de las dificultades ocasionadas por las tendencias pictóricas de aquellos años, la figuración y, más concretamente, la interpretación fiel del modelo seguía teniendo sentido.

Antonio López García sería, desde ese momento, un referente o, mejor, un maestro en la distancia que, sin duda, ha ejercido una influencia importante en mi forma de entender, hacer, y enseñar pintura.

Llegado a este punto, no puedo dejar de mencionar cómo fue mi primer encuentro personal con Antonio López García, momento que recuerdo con especial cariño.

Durante una clase en la asignatura de Pintura de primer curso impartida por el catedrático D. Antonio Guijarro, en un momento dado noté, mientras pintaba, que alguien a mis espaldas, y próximo a mi caballete, me observaba. Al girarme me encontré, cara a cara, con Antonio López. Sin dudarlo, le saludé y le manifesté mi enorme interés por su pintura y él, con el trato amable que le caracteriza, me dijo que se encontraba en la Escuela buscando modelos que le sirvieran para las esculturas de “Hombre y Mujer” y que estaba pintando un cuadro en la confluencia de la calle Alcalá con Gran Vía al amanecer y que, si quería, podía ir a visitarlo; al cabo de un rato nos despedimos hasta el día siguiente.

El encuentro me dejó tan impactado que durante todo el día las sensaciones se mezclaban. Aunque no era capaz de centrarme, dibujé y pinté compulsivamente, las horas pasaban despacio y no dejaba de pensar en el momento único y mágico que me esperaba al día siguiente: ¡iba a ver pintar a Antonio López García!

Me levanté muy temprano, aún era noche cerrada, cuando llegué al lugar indicado por Antonio López, -despuntaban las primeras luces del alba, el alumbrado urbano todavía no se había apagado y eran pocos los coches y transeúntes que transitaban por la calle- cuando llegué, éste, se encontraba preparando todos los útiles para comenzar a pintar, nos saludamos y yo permanecí a una distancia prudente y en un respetuoso silencio. El cuadro estaba relativamente avanzado, en zonas solo con líneas de dibujo, esquemáticas, marcando las líneas básicas de perspectiva y, las grandes masas de claro y oscuro, ligeramente coloreadas con una materia muy diluida y de unos grises neutros muy elegantes, en realidad, una mancha ligera pero muy ajustada.

En otras zonas del cuadro, el trabajo estaba más avanzado, con una materia más densa y apretada, pero sin grandes empastes. Por todas las zonas del cuadro, se apreciaban anotaciones, referencias de medidas y de perspectiva, todas, trazadas con lápiz de grafito. El cuadro, en conjunto, presentaba una gran plasticidad y ya transmitía, el misterio, la fuerza expresiva y la capacidad de cautivar que caracteriza a las obras de Antonio López García.

En un momento dado Antonio López se quedó mirando fijamente hacia la Gran Vía y así permaneció durante un rato, después se agachó y tomó, de la caja de pinturas que estaba en el suelo, al pie del caballete, la paleta y fue colocando pausadamente los colores al óleo sobre ella. Los colores eran de una marca inglesa muy habituales en aquellos años, yo mismo los utilizaba, eran de muy buena calidad, ricos de color, con poco aceite y de aplicación muy agradable.

La paleta era de madera, de las rectangulares que llevan las cajas de pintura, muy usada y no muy grande, con abundantes restos de pintura seca. En uno de sus lados estaban unas pequeñas aceiteras, abrió un tarro de médium para pintar al óleo de una conocida marca holandesa y, en una de ellas, puso un poco de médium que estaba formado por una mezcla de esencia de trementina y de médium. Según me dijo, la mezcla estaba preparada al cincuenta por ciento.

Volvió a agacharse y, de la caja de pintura, cogió un manojo de pinceles, eran de pelo de meloncillo, de diferentes números, pero, todos, de un grosor medio. Creo recordar que unos eran redondos y otros de lengua de gato. Nuevamente observó atentamente el modelo analizándolo, tomo un poco de color y con el pincel lo colocó en el centro de la paleta, tomó otros y ayudándose con un poco de médium, que tomó con el pincel de la aceitera que lo contenía, realizó la mezcla hasta obtener la tinta adecuada tanto de color como del grado de fluidez apropiado.

Con el pincel tomó un poco de la tinta preparada y, levantándolo a la altura de los ojos, lo comparó con la zona del motivo que correspondía a la misma zona del cuadro. Ajustó nuevamente el color y cuando estuvo satisfecho con el pincel, no muy cargado de pintura, lo aplicó pausadamente, con seguridad, y con una enorme destreza, fue construyendo las formas.

Cada cierto tiempo, se paraba y observaba atentamente el modelo durante un momento. Unas veces continuaba aplicando la pintura con toque cortos y poco empastados, otras, pasaba ligeramente el filo de la espátula sobre la zona pintada para construir deshaciendo o, lo que es lo mismo, eliminar todo lo que consideraba superfluo. Estas operaciones las alternaba, de tiempo en tiempo, con los ajustes de las proporciones y medidas que comprobaba una y otra vez con el compás y un curioso instrumento formado por un listoncillo de madera terminado en otro, más corto y ancho, colocado perpendicularmente con respecto al primero. Lo utilizaba apoyando el extremo del listón mayor debajo del ojo mientras que, con la otra mano, apoyaba el compás en el listón más corto y, de esa forma, iba tomando y trasladando, minuciosamente, las medidas del modelo, al cuadro, observando, dudando, corrigiendo y afianzando una y otra vez con el compás, la regla y el lápiz, como si se tratase de un ritual obsesivo y preciso. Después, seguía pintando.

Mientras, yo observaba, atento, expectante de que se produjese el milagro, la aparición de la técnica secreta y misteriosa que se les supone, que yo suponía en aquellos años de formación, a los grandes creadores.

En ese momento, lo vi claro el milagro se estaba produciendo delante de mis ojos, el secreto que permitía que el motivo tomado como modelo se transmutase en realidad pintada, que paralizase el tiempo real y lo introdujese en el cuadro como tiempo pintado, atemporal y misterioso, era algo tan simple como que el secreto: imaginado, buscado, deseado, era, simplemente, que no había secreto. Solo la sensibilidad, la constancia, el trabajo riguroso y bien hecho, el oficio bien aprendido, el compromiso sin concesiones con uno mismo y, en definitiva, la autenticidad era el único secreto.

Durante un buen rato, quizás una hora, permanecí atento y en respetuoso silencio viéndolo pintar. Después, por prudencia, y por miedo a importunarlo demasiado, me marché a dar una vuelta por la zona. Camine ajeno a lo que pasaba en mi entorno meditando sobre todo lo que había visto y estaba viviendo.

Como antes de comenzar la sesión de trabajo, Antonio López, me había dicho la hora hasta la que tenía previsto que iba a estar pintando, a esa hora, regresé nuevamente.

Cuando regresé, Antonio López aún estaba pintando. Permaneció así todavía unos minutos hasta que, en un momento dado, con la espátula, raspó los restos de color que quedaban en la paleta y, con un trapo, la limpió someramente. Seguidamente guardó la paleta y los pinceles en la caja, se levantó y, de nuevo, se quedó un rato analizando y comparando el cuadro con el modelo.

Por último, comenzó a desmontar el tablero del caballete, me ofrecí a ayudarle. Yo ya había observado que el tablero, a pesar de su tamaño, no disponía de ningún tipo de refuerzo -en aquellas fechas yo ya llevaba tiempo interesado por todo lo referente al estudio y conocimiento de los materiales, procedimientos y técnicas pictóricas. Ese interés comenzó durante los dos años que pase preparando el examen de ingreso para la Escuela de Bellas Artes en la academia de D. Eduardo Peña. En ese tiempo abordé el estudio de los tratados técnicos más importantes y comencé con mis primeros ensayos sobre la materia-, eso me sorprendió y consideré oportuno hacerle la observación de la conveniencia de adaptarle un bastidor de refuerzo, hablamos sobre ello y, tiempo más tarde, en otras visitas que realicé, observé que, el tablero, estaba reforzado con un bastidor. Posiblemente, Antonio López, ya contaba con esa circunstancia, y el hecho de que el tablero no contase con un bastidor durante esa primera fase del proceso de realización del cuadro fuese debido a que, con ello, se aminoraba el peso y, por consiguiente, se facilitaba su manipulación y transporte.

Entre los dos llevamos el cuadro y el caballete a un edificio próximo ocupado por un banco, donde lo guardaba. No recuerdo exactamente cuál era el banco, pero estaba al lado del Ministerio del Ejercito, y me dijo que nos fuésemos a desayunar.

En un bar próximo, a espaldas del Círculo de Bellas Artes, en la calle de Los Madrazo, nos sentamos en una mesa y comenzamos a charlar distendidamente mientras compartíamos un plato de porras, él con té y yo con café, no me dejo pagar.

Cuando terminamos de desayunar salimos y, como coincidió que teníamos que coger la misma línea de autobús, nos fuimos juntos.

Seguimos la conversación, en el autobús, durante todo el trayecto.

En un momento dado, ya a punto de llegar a nuestro destino, la Plaza de Castilla, le pregunte, ingenuamente, que como se podía resolver el problema del movimiento de las hojas, o de modelos perecederos, al pintar del natural durante un periodo de tiempo prolongado, me miró y sonrió, no me contestó, no me atreví a insistir sobre la pregunta. Poco tiempo después, entendí que aquella sonrisa llevaba implícita la respuesta y no era otra que yo, como creador, era el que a través del estudio y la observación del natural tenía que encontrar la destreza y los recursos necesarios para generar mi propio lenguaje pictórico, y, en definitiva, intentar conseguir la transmutación de la realidad imaginada, vista, vivida y sentida, en realidad pintada.

Poco después nos despedimos.

Volví a visitarlo en la Gran Vía en alguna ocasión más, no demasiadas, unas veces porque lo impedían mis obligaciones y, otras, por miedo a importunarlo.

Desde entonces, siempre que he podido, le he visitado en algunos lugares donde ha estado pintando como: La Gran Vía con la calle Clavel, o La Puerta del Sol.

En esa última, recuerdo una anécdota simpática y que por una parte refleja la enorme concentración, e incluso podría atreverme a decir trance, con la que Antonio López afronta su trabajo y, por otra, el magnetismo y respeto que transmite a quien tiene la fortuna de ser testigo de ese momento único.

Era una tarde de finales de mayo o junio, Antonio López estaba pintando cerca de la confluencia de la Carrera de San Gerónimo con la Puerta del Sol, al lado de la antigua ubicación de la escultura del “Oso y del Madroño”. El cuadro era de un tamaño mediano, en él, se recogía el edificio de la Comunidad de Madrid, de frente, las calles Mayor y Arenal. Hacía mucho calor y Antonio López estaba pintando a pleno sol, al lado, Enrique Gran, sentado en la base de la escultura, le contemplaba atentamente. En un momento dado, Enrique Gran se levantó y se fue. Al cabo de un rato, de nuevo, apareció Enrique Gran con dos cucuruchos de helados en sus manos y le ofreció uno de ellos a Antonio López, éste, totalmente absorto por el trabajo, sin apenas apartar la mirada del cuadro y del modelo, se limitó a hacerle un leve gesto indicándole que esperase. El tiempo pasaba y Enrique Gran sin inmutarse, y en una actitud de silencio y contemplación reverencial y vehemente, continuaba con el helado en la mano mientras éste, por el fuerte calor, se derretía y resbalaban ya algunas gotas por la mano y muñeca de Enrique Gran.

Solo en una o dos ocasiones, y de manera ausente, cogió el helado de las manos de su amigo, tomó un poco, se lo dio, continuó trabajando en el cuadro y Enrique Gran continuó también, pacientemente, con el helado prácticamente derretido en sus manos.

Por otra parte, desde mi primer encuentro con Antonio López, he tenido la fortuna de vivir con él muy buenos momentos y, con la afabilidad y profesionalidad que le caracteriza, cuando le he requerido para su participación en algún acto académico, siempre, ha accedido generosamente.

Otro hecho que fue de gran importancia para mí porque, por una parte, tuve la oportunidad de poder conocer mucha de la obra realizada por Antonio López García en su época de estudiante y en su propia casa, por otra, la de poder conocer la casa de su tío y maestro Antonio López Torres y, en ella, la habitación que sirvió como modelo a Antonio López García para el magnífico dibujo: “Casa de Antonio López Torres“. También, en esa visita, tuve la oportunidad de disfrutar un buen número de obras que López Torres guardaba en otra casa de su propiedad. Por último, y para cerrar un día inolvidable, Antonio López Torres nos invitó a acompañarle a pintar en las proximidades de Tomelloso.

Esos hechos acaecieron estando yo en el último año de mis estudios en la Escuela Superior de Bellas Artes, en el curso de 1977-78, y por mediación de un compañero de estudios que era de Tomelloso y que conocía a Antonio López Torres.

El viaje, lo realizamos en la primavera de 1978.

Al llegar a Tomelloso nos dirigimos, en primer lugar, a la casa de Antonio López García. Mi compañero de curso, llamo a la puerta y salió a recibirnos la madre de Antonio López, nos presentó y la preguntó que si podíamos ver las obras que conservaba de su hijo, a lo que ésta accedió de muy buena gana. Recuerdo que era una casa grande y muy luminosa. Colgados en diferentes puntos de la casa pudimos ver numerosos trabajos de la época de formación de Antonio López realizados con su tío o en la Escuela de Bellas Artes, eran bodegones, figuras, paisajes y dibujos de estatuas clásicas al carboncillo, todos ellos, de un gran nivel y tocados ya por ese magnetismo que caracteriza y ha permanecido constante, a lo largo del tiempo, en toda la obra dibujada, pintada o modelada, de Antonio López García.

Al salir de allí, nos dirigimos a la casa de Antonio López Torres que salió a recibirnos y nos saludó muy amablemente.

Después de una breve conversación, en un momento dado, mi compañero le pidió a López Torres que nos mostrase la habitación que había servido de modelo para el dibujo. Nos indico que le siguiéramos. Cuando entramos en la estancia, para mí, fue como entrar en un santuario, no me podía creer que me encontraba dentro del mismo espacio dibujado por Antonio López. Era como si yo mismo formase parte de ese maravilloso dibujo tan admirado por mí. Emocionado y perplejo, recorrí con la vista cada rincón de la estancia, detalle por detalle, como si se tratase del dibujo y no de un espacio real destinado a un uso funcional y cotidiano. Me sorprendió que la habitación fuera mucho más pequeña de lo que aparentaba en el dibujo; incluso la lámpara, me pareció que estaba a una altura inferior a la que se pudiera pensar.

Después de un rato, salimos del cuarto, López Torres nos dijo que si queríamos ver la obra que guardaba en otra casa. No se lo dejamos decir dos veces y nos dirigimos hacia allí.

Era un piso no demasiado grande; en el suelo, apilada, estaba la obra de toda una vida pintando. La mayoría de los cuadros eran de formato pequeño pintados sobre tela o sobre tabla. Estas últimas eran las más abundantes y de un formato muy reducido.

Pausadamente nos fue mostrando, una a una, toda la obra.

Contemplando esa obra luminosa, limpia, pura, sin concesiones; obra, sobre todo, honesta e injustamente valorada por muchos supuestamente entendidos. Fácilmente se podía deducir la influencia y la trascendencia que tuvo Antonio López Torres en la formación como pintor de su sobrino Antonio López García. Muchos años después, siendo ya profesor en la Facultad de Bellas Artes de Madrid, pude contemplar de nuevo muchas de esas obras en la exposición que se dedicó a Antonio López Torres en las salas de exposiciones de la Biblioteca Nacional de Madrid y mi opinión sobre ellas, a pesar del tiempo transcurrido, no había cambiado en lo más mínimo.

Después de haber visto toda la obra, y puesto que ya era la hora de comer, López Torres nos acompañó a la calle y antes de despedirse nos dijo que, por la tarde, iba a ir a pintar a las afueras de Tomelloso y que, si queríamos, podíamos acompañarle. Una vez más, no dudamos en aceptar la invitación, quedamos para después de comer, nos despedimos, y nos fuimos a comer a un local que no había sugerido más contentos que unas pascuas.

A la hora acordada, pasamos a recoger a López Torres a su casa. Su equipo de trabajo era sencillo: un gran sombrero de paja, de los que se utiliza para las labores del campo, un caballete plegable, y la caja de colores.

Nos fuimos a las afueras de Tomelloso, no recuerdo exactamente como se llamaba el lugar, era una zona de monte bajo situada en un pequeño montículo. Desde allí se divisaba una amplia panorámica en la que dominaba el paisaje llano. Hera una tarde típica de primavera, en el lugar en el que nos encontrábamos, hacía sol, pero, a lo lejos, el paisaje era cambiante por efecto de algunas nubes que apuntaban tormenta.

Era curioso ver con la agilidad que, a pesar de su avanzada edad, López Torres se desenvolvía sobre aquel terreno lleno de piedras y pequeños matorrales, como si se tratase de un cazador buscado su pieza.

Cuando encontró el lugar adecuado, y una vez montado el caballete, colocó una pequeña tablilla sobre él, tendría, aproximadamente, unos treinta o treinta y cinco centímetros en su lado mayor por otros veinte, más o menos, en el menor. Después, tomó la paleta y un manojo de pinceles y, en un gesto que me recordó al ya vivido con su sobrino en la Gran Vía madrileña, se quedó un momento observando atentamente el paisaje. A continuación, con un pincel medianamente grueso, lo cargo de blanco y con un poco de azul, y una punta de rojo de cadmio, preparó, sobre la paleta, una tinta pálida que aplico rápidamente, sin diluir, de izquierda a derecha de la tablilla, directamente y con una gran seguridad, sobre la parte correspondiente al cielo.

Trabajaba sin ningún dibujo previo, aplicaba las tintas de color en franjas horizontales ligeramente fundidas y solo rotas por algunos pequeños toques aplicados para conseguir el efecto de alguna luz o de algún accidente del terreno, y que situaban los diferentes planos del paisaje, sugiriendo los efectos de lejanía y proximidad mediante una perspectiva aérea sabiamente observada y magistralmente conseguida.

Algo que también me impactó mucho fue ver como López Torres, en un supremo estado de concentración, intentaba conseguir el efecto exacto de la luz sobre el paisaje, y como se desesperaba ante los constantes cambios de esta ocasionados por el atardecer tormentoso. Era una lucha titánica por conseguir un imposible era, sencillamente, el acto utópico de atrapar la realidad,

Esa fue la primera y única vez que tuve la fortuna de compartir una jornada con Antonio López Torres, jornada, que, a pesar de los años transcurridos sigue, entrañablemente, viva en mi recuerdo.

Esa lección magistral, recibida en una sola tarde, me impacto e influyó enormemente en mi manera de entender la pintura y de acercarme con ella a la realidad, al acto de atraparla, de convertir en pintura el momento vivido y constantemente mutable, la esencia de las cosas, el presente y el pasado de esas realidades y momentos vividos y por vivir, la presencia de las cosas y del ser humano a través de su ausencia, ausencias de tiempos pasados que dejan sus marcas en los objetos mas sencillos, humildes y cotidianos, en puertas, paredes, muros, estancias vacías, paisajes vacíos pero mil veces transitados y sentidos, flores secas y vivas, palomas urbanas siempre presentes.

Todo un mundo de realidades pintadas de manera artesanal, pausada, meditada, sencilla, sin grandilocuentes teorías conceptuales, respetuosa y abierta con otros lenguajes, sin prejuicios pictóricos y plasmando en el cuadro esa realidad, mi realidad, crónica de la cotidianidad, con la única pretensión del sencillo e íntimo placer de pintar.

En definitiva, la creación pictórica, aprendida y aprehendida, en el estado más auténtico y puro que se transmuta, sobre la superficie del cuadro, mediante: pinceles, colores y materia, en lenguaje pictórico, en Pintura.

Aquellas magistrales lecciones, los años de formación en la Escuela y en la soledad del taller, el estudio de los grandes maestros de la pintura, la lectura de mis autores favoritos, mi música, mis clases en la Facultad de Bellas Artes de Madrid, mis alumnos y, en definitiva, una vida dedicada a la pintura y a la docencia. Todo ello, y después de esa larga trayectoria emocional y profesional, me ha hecho, después de los años transcurrido, entender la sonrisa de Antonio López cuando le hice la ingenua pregunta de: “cómo se podía resolver el problema del movimiento de las hojas, o de modelos perecederos, al pintar del natural durante un periodo de tiempo prolongado”.